Un alumno paciente
El arte es la forma más lenta de maestría. No “se conquista” la música o la pintura a fuerza de voluntad: se crece dentro de ellas. La mentalidad del atajo (“un año de clases y ya está”) produce mucho esfuerzo y poca verdadera calidad.
Algunas instituciones trataban la música como lo que es: un camino largo. El conservatorio de Milán, por ejemplo, exigía que el alumno declarara al entrar su intención de completar el curso completo de siete años. No por dureza, sino para evitar diplomas a medio hacer.
Los maestros antiguos podían ser aún más extremos. Nicola Porpora formó al célebre cantante Caffarelli con una paciencia casi brutal: durante cinco años solo le permitió escalas y ejercicios, escritos uno a uno. En el sexto año trabajó articulación, pronunciación y declamación.
Cuando Caffarelli por fin esperaba cantar “música de verdad”, Porpora le entregó las hojas y dijo seco: “Ahora, joven, puede irse. No puedo enseñarle más. ¡Es usted el mejor cantante del mundo!” Y así fue: Caffarelli se volvió incomparable, ganó fama y riqueza, incluso compró un ducado y se retiró—porque aguantó el camino largo.