Afinación

Pocas cosas ponen a prueba al público como una “afinación” caótica antes del concierto —sobre todo en orquestas amateurs (y, por desgracia, a veces también en profesionales). Rascar y soplar al azar, a todo volumen, puede sacudir los nervios desde el primer minuto, y luego hace falta tocar muy bien para contrarrestarlo.

Los solistas tampoco se libran. En Boston, por ejemplo, un buen violinista alemán podía pasarse minutos ajustando la afinación antes de darse por satisfecho —quizá para demostrar lo delicado de su oído.

Pero casi nunca hay necesidad de que el público lo sufra. Se puede afinar antes de que entre la gente; y si hay que retocar algo después, debería hacerse lo más pianissimo posible.

La Orquesta Sinfónica de Boston dio un gran ejemplo en el viejo Music Hall: una gran diapasón, puesto en vibración por electricidad, mantenía un La continuo. Cada músico afinaba al entrar, y así, cuando la orquesta se sentaba, todos estaban listos —sin torturar a los oyentes.

Handel también entendía la importancia de preparar todo, pero una broma convirtió una vez el acorde inicial en puro caos. Tras el ensayo, los instrumentos estaban afinados; antes de la función alguien los desafinó adrede. Al primer fortissimo, el acorde fue disonancia total. Handel montó en cólera: saltó del atril, volcó los timbales e incluso un contrabajo, perdió la peluca en la carrera y juró venganza contra quien se tomó esa “malvada libertad”.