Napoleón, burlado por una cantante

A Napoleón le gustaba doblegarlo todo a su voluntad—la política, la gente, incluso el arte. Tras escuchar a la soprano estrella Madame Catalani, decidió que no se iría de París. La hizo acudir a las Tullerías, le preguntó adónde iba y, cuando respondió “a Londres”, zanjó el asunto: se quedaría en París, con 100.000 francos al año y dos meses de vacaciones. “Considérelo resuelto. Bon jour.”

Catalani estaba demasiado intimidada para hablar de sus compromisos en el extranjero. Días después le entregaron en casa un documento con las condiciones—como si su vida fuese un nombramiento imperial. Pero no aceptó ser comprada, ni siquiera con cadenas de oro.

Se disfrazó de monja, corrió a la costa, encontró un barco que estaba intercambiando prisioneros y sobornó al capitán para que guardara silencio y la ayudara. Cuando el barco zarpó, la “monja” iba a bordo y Francia quedaba atrás. Napoleón quizá habría intentado perseguirla—pero los asuntos militares se complicaron y tenía preocupaciones más pesadas que cazar cantantes de ópera fugitivas.