La prima donna del siglo XVIII

Las primas donnas tienen fama de drama, pero el siglo XVIII parecía convertir el exceso en un deporte. Una de las sopranos más caprichosas de la época fue Gabriella.

Cuando el virrey ofreció una gran cena en Palermo y la invitó como huésped de honor, ella se quedó en la cama leyendo. Mandaron un mensajero a decirle que la esperaban; respondió que había “olvidado por completo” el compromiso.

Esa noche sí apareció en la ópera—solo que cantó todas sus arias sotto voce, casi en un susurro. El virrey le envió una advertencia: que cantara con su potencia habitual o habría castigo. Gabriella contestó desafiante: “Puede hacerme llorar, pero no puede obligarme a cantar.”

Se agotó la paciencia del poder. Fue enviada a prisión durante doce días.

Y aun así terminó ganando. En la cárcel dio festejos costosos a sus compañeros—desde deudores hasta bandidos—pagó sus deudas, los agasajó y les cantó con todo su encanto. Cuando la soltaron, los mismos a quienes había ayudado la aclamaron.