La serenata de Schubert

Como Beethoven, Franz Schubert llevaba un cuaderno para anotar ideas musicales en cuanto aparecían. Muchas melodías hermosas se habrían perdido sin esa costumbre. Cuando la musa dormía, el cuaderno podía despertarla con chispas de otros días.

Dondequiera que estuviera—en la ciudad o en el campo, en una taberna o en un jardín de cerveza—si le llegaba una buena idea, sacaba el cuaderno y la garabateaba para trabajarla después. Si no tenía papel pautado, escribía en el primer trozo de papel que encontraba.

Así, dice la historia, nació el famoso «Ständchen» (y algo parecido se cuenta de «Hark, the Lark»).

Un domingo del verano de 1826, Schubert paseaba con varios amigos por los pueblos de las afueras de Viena. Se detuvieron en un jardín de cerveza, charlaron y disfrutaron de la compañía. Schubert tomó un libro de poemas que alguien había dejado, hojeó y de pronto se quedó clavado en uno.

«¡Me acaba de venir a la cabeza una melodía deliciosa; si tan solo tuviera papel de música!», exclamó.

Uno de sus compañeros trazó a toda prisa unos pentagramas en el reverso de una carta y se la pasó. Y en medio del bullicio de un jardín de cerveza alemán, Schubert escribió la melodía que desde entonces ha encantado a innumerables amantes de la música.