Manuscrito para ollas y calderos

Beethoven nunca lo tuvo fácil con caseras y sirvientes. Mientras trabajaba en su Misa en re—empezada en 1819 y pensada para la celebración del nombramiento de su amigo el archiduque Rudolph como arzobispo de Olmütz al año siguiente—la obra fue creciendo a medida que él se entusiasmaba más. Cuando por fin la terminó, la celebración ya había quedado atrás dos años.

En medio de ese proceso desaparecieron varias páginas del manuscrito. Buscó por todas partes y llamó a la criada, que no sabía nada. Al final, rendido, se sentó dispuesto a reescribir el Kyrie.

Entonces apareció en la cocina un montón de hojas sueltas con notas. Las subieron a su cuarto, ennegrecidas por el hollín y el polvo… y allí estaba la música perdida.

La sirvienta las había sacado de la habitación al ‘ordenar’ y, sin comprender su valor, había usado aquellas hojas preciosas para envolver ollas y calderos viejos. De lo que dijo Beethoven, la anécdota no deja constancia.