Rituales de compositores

Los compositores suelen inventarse rituales extraños sin los cuales, dicen, no pueden trabajar. Haydn creía que no podía componer sin el anillo que le envió Federico el Grande, y exigía papel blanquísimo y de la mejor calidad. Gluck escribía mejor sentado en medio de un campo. Rossini afirmaba que producía más cuando estaba “reforzado por dentro” con buen vino; él y Paisiello disfrutaban componiendo en la cama.

Sacchini quería a una mujer guapa a su lado y a sus gatos rondando. Mozart, según cuentan, podía componer incluso mientras jugaba al billar o a los bolos. Zingarelli se preparaba leyendo la Biblia o a los clásicos, y Sarti prefería una penumbra casi fúnebre iluminada por una sola vela.

Beethoven componía mejor durante o justo después de una caminata rápida por bosques y campos. Cimarosa quería a una docena de amigos charlatanes; Méhul, en cambio, deseaba tanto silencio que pidió al jefe de policía de París que lo encerrara en la Bastilla (y se lo negaron).

Wagner llevó el ritual al extremo: le gustaba vestir el traje de la época y el lugar de la escena que escribía, exigía silencio absoluto, mantenía a la familia fuera del estudio, no quería ver cartas y recibía las comidas por una trampilla.