Una melodía para 176 versos
Plutarco cuenta que Solón incitó una vez a los atenienses a la guerra cantándoles una elegía de cien versos escrita por él mismo. Suena verosímil: obligar a una multitud a soportar una canción de cien versos podría encender los ánimos en cualquier época.
Pero hay una tradición aún más asombrosa. El autor de este libro poseía un Covenanter’s Psalm Book impreso en 1595. En él aparece la melodía del Salmo 119, y a esa única melodía se ajustan los ciento setenta y seis versos del salmo—página tras página.
Un pueblo capaz de aguantar semejante maratón musical, comenta el autor con ironía, probablemente también podría quemar a sus vecinos por brujería. Las versiones modernas de los salmos son, desde luego, más cortas, pero queda un problema: muchos insisten en conservar el idioma antiguo, mientras que las melodías se modernizan al estilo de los nuevos himnos. La mezcla suele resultar torpe.
Si se quieren conservar las palabras originales, lo coherente sería buscar también el modo musical original—si es que se puede hablar de ello. De lo contrario, es mejor rehacer el lenguaje y el ritmo para que encajen con la música del momento. Sin ese cuidado, la combinación distrae e irrita más de lo que eleva la mente a un ánimo verdaderamente devoto.