UNA PRUEBA DE PRECOCIDAD
El joven Mozart quizá no fue el prodigio más extremo de la historia, pero sí uno de los raros cuya brillantez temprana no se apagó. Su vida musical siguió creciendo, de forma constante.
Circularon historias increíbles sobre él, y algunas seguramente se exageraron. Pero cuando Mozart o sus padres afirmaban algo sobre lo que podía hacer, él lo demostraba.
El arzobispo de Salzburgo tenía en sus manos la posibilidad de cambiar la historia de la música dándole a Mozart un verdadero mecenazgo. Se negó. Peor aún: insistió en que el niño era un farsante y anunció que lo desenmascararía “por el bien del arte y la religión”.
El plan era simple: encerrar al niño en una habitación con plumas, tinta, papel y el texto necesario, y no dejarlo salir hasta que produjera una Misa completa.
Mozart y su padre aceptaron, porque sabían que podía hacerlo.
Durante más de una semana, Mozart permaneció encerrado, viendo solo al sirviente que le llevaba las comidas. Al final envió al arzobispo la Misa terminada. La probó la banda de la corte, y el arzobispo ordenó que se añadiera al repertorio del coro de la catedral.
Y aun después de esa prueba innegable, el prelado no se convirtió en el patrono comprensivo que Mozart —y la historia de la música— merecían.