Liszt: tormenta escénica y caridad

A Franz Liszt lo llamaron “el Paganini del piano”, y quienes lo oyeron en su apogeo insistían en que ninguna descripción podía captar la emoción. Otros virtuosos—Hummel, Herz, Thalberg—deslumbraban con brillo; Liszt añadía algo más raro: intelecto, imaginación y poesía, unidos a una técnica aparentemente ilimitada.

Él no solo “tocaba”; conquistaba la sala. Entraba como un general, se arrancaba los guantes, se pasaba la mano por el pelo y atacaba el teclado como un campo de batalla. El público—las historias subrayan especialmente a las mujeres—perdía la compostura: joyas lanzadas al escenario, desmayos, carreras hacia el proscenio, incluso peleas por cuerdas rotas del piano como trofeos.

Y, sin embargo, el mismo hombre podía ser extraordinariamente generoso. Como Jenny Lind entre los cantantes, Liszt se convirtió en símbolo de caridad. Cuando el Danubio se desbordó y miles de húngaros quedaron sin hogar, Liszt—entonces en Italia—corrió a Viena y ofreció una serie de conciertos benéficos. Durante dos meses tocó casi sin descanso, destinando el dinero a socorrer a sus compatriotas. Las cifras exactas varían, pero el patrón es claro: para él, la fama también era una herramienta para ayudar, no solo para deslumbrar.