AN INTERRUPTED CONCERT

Paganini no solo tenía nervios escénicos: tenía paranoia de verdad. Orgulloso y desconfiado, estaba convencido de que otros violinistas (celosos de su fama) podían intentar asesinarlo. Por eso odiaba Inglaterra.

Pero había algo más fuerte que el miedo: el dinero. Cuando lo invitaron a Francia, dudó—hasta que oyó cuánto podía ganar. La avaricia ganó.

Un episodio en Londres no ayudó. En mitad de un concierto brillante, un ciudadano respetable se levantó, se volvió hacia el público y soltó un discurso improvisado: ¿De verdad no os da vergüenza pagar una guinea para escuchar a este miserable saltimbanqui que solo sabe sacar sonidos de una caja de madera con tripas de gato? ¡Dadle el dinero a los pobres! Mirad a ese charlatán—¡parece el diablo y se ríe mientras se mete vuestro dinero en el bolsillo! ¡Sois unos tontos!

Paganini oyó «diablo», vio «asesinos», entró en pánico y huyó. Antes de que la sala entendiera qué pasaba, él ya iba camino de Manchester.