Un violín por dieciocho peniques
Reconocer lo bueno en otros músicos no siempre es habitual. Pero hay una regla casi divertida: cuanto mayor es el mérito real de una persona, más rápido lo reconoce en los demás. Quien se dedica a menospreciar a otros suele revelar, sobre todo, su propia pequeñez.
Un ejemplo perfecto ocurrió en la primera aparición de Niccolò Paganini en Inglaterra. Cuando terminó el “mago del violín”, el respetado violinista Mori se levantó y preguntó con toda solemnidad a quienes estaban cerca: “¿Quién compra mi violín? ¿Quién compra un violín y un arco por dieciocho peniques?”—como si incluso su Stradivarius hubiera pasado a valer calderilla.
Otro gran músico presente, John Cramer, lo resumió aún más simple: “¡Gracias a Dios que no soy violinista!”