Una vida de aventuras

William Vincent Wallace—compositor de la ópera ligera y popular *Maritana*—llevó una vida que parece una novela de aventuras.

Nacido en Irlanda, se casó joven. Pero durante el viaje de bodas su esposa se puso celosa por la atención que él prestaba a la hermana de ella, que viajaba con ellos. La pareja se separó y nunca volvió a verse.

Hundido por la ruptura, Wallace terminó en Australia y vivió en el duro “bush”. En Sídney, conocidos descubrieron que aquel supuesto inmigrante corriente era en realidad un gran músico y un excelente violinista. La noticia llegó al gobernador de la colonia, que insistió en que Wallace diera un concierto. Fue un éxito enorme y el gobernador le regaló cien ovejas, la “moneda” habitual en la colonia por entonces.

Más tarde Wallace fue a Tasmania y escapó por poco de ser matado para el “festín” de otros; en otra ocasión, la hija de un jefe lo salvó de manera romántica. Luego se embarcó en una expedición ballenera, sufrió un naufragio y solo él y tres compañeros sobrevivieron. Después viajó a la India, tocando en cortes suntuosas de varios príncipes; más tarde a Sudamérica, que cruzó lentamente, pero con seguridad, a lomos de una mula. Llegó a Norteamérica y finalmente desembarcó en Londres con una buena suma ganada con sus conciertos.

En Londres, en 1845, se puso a componer una ópera: *Maritana*. El éxito fue tal que siguieron obras similares. Cuando empezó a fallarle la vista, volvió a cruzar el Atlántico y vivió nuevas desgracias: un vapor en el que viajaba explotó y apenas salvó la vida; en Nueva York perdió casi todos sus ahorros por el fracaso de una fábrica de pianos. Se recuperó dando conciertos, y su vida agitada terminó en los Pirineos en 1865.