Una sala de conciertos sobre el carbón
Thomas Britton vivió en Londres en tiempos de Händel, y su historia te hace preguntarte si la música antes unía a las clases sociales con más facilidad que hoy.
Britton se ganaba la vida vendiendo carbón—un “small‑coal man”, como decían los ingleses. Pero amaba la música. Encima de su almacén de carbón acondicionó un altillo para recibir público, y la gente realmente iba. Por la mañana podía estar cargando sacos a los clientes; por la tarde, organizaba reuniones donde músicos, nobles y damas elegantes se sentaban juntos.
La lista de asistentes era increíble. Se mencionan a Händel, al Dr. Pepusch, a Charles Jennens (libretista de Händel), a Sir Roger L’Estrange y a un desfile de duquesas, condesas y “Lady‑tal”. Imagina a Händel al clave, a Bannister (el primer gran violinista inglés) con su violín, y quizá a la soprano Cuzzoni cantando un aria recién salida del horno: todo eso en un almacén de carbón.
También aparecían escritores, filósofos y poetas, como si el altillo fuese un pequeño salón. Y, de forma irónica, Britton murió por una broma: un ventrílocuo “anunció” desde la nada que Britton moriría en pocas horas si no se arrodillaba y rezaba el Padrenuestro. Britton obedeció—pero el susto fue tal que murió pocos días después.