Otra manera
A John Abell lo obligaron a cantar con osos. A un tenor posterior—García—lo convenció algo aún más eficaz: los abucheos.
Durante una de las frecuentes revoluciones en México, García estaba de gira y decidió llegar a la costa, a Vera Cruz, para embarcarse hacia lugares más tranquilos. En el camino lo atacó una banda de salteadores y lo despojaron de todo: equipaje, dinero e incluso su vestuario.
Revisando el botín, encontraron un montón de partituras y comprendieron que su prisionero era cantante. Le exigieron una canción. García se negó con educación. La exigencia volvió—más fuerte y con amenazas. Sabiendo que la negativa significaba la muerte, finalmente aceptó.
Le dieron una «tarima» elevada y se reunieron alrededor como el público más libre del mundo—cada uno con su «entrada de cortesía». Pero los nervios lo traicionaron: el primer intento fue un desastre y la ruda audiencia lo abucheó.
El insulto logró lo que las amenazas no. García se recompuso y cantó con la fuerza y la belleza por las que era famoso. Los bandidos, encantados, le devolvieron el dinero y la ropa y hasta lo escoltaron para evitar una segunda función.