Un estudiante aplicado

París ardía con la rivalidad entre Gluck y Piccinni, y todo el mundo musical tomaba partido. En ese clima llegó un joven belga algo torpe pero tenaz, sin dinero y con una decisión inamovible: conseguir una educación musical costara lo que costara.

Adoraba a Gluck y quería escuchar *Iphigénie en Tauride*. Con ayuda de un amigo logró entrar al teatro para el último ensayo. La música lo deslumbró tanto que decidió asistir también a la función pública. Problema: no tenía con qué pagar la entrada.

Entonces intentó lo impensable: esconderse en un palco y quedarse allí hasta la representación. Lo descubrieron al terminar el ensayo y quisieron echarlo. Se resistió, se armó un alboroto, y Gluck —que aún estaba en el teatro— acudió a ver qué pasaba. Al saber que el muchacho solo anhelaba oír su música, Gluck ordenó que lo dejaran y le dio un billete para la función.

Gluck se interesó por aquel admirador tan obstinado. Era Étienne Nicolas Méhul. De ese episodio nació una amistad duradera; Méhul compuso después veinticinco óperas y muchas otras obras, y jamás olvidó la deuda de gratitud que sentía por la generosidad de Gluck.