Si es caro, que cante el mariscal
De Gabriella se decía que era generosa y amable, pero también sabía lo que valía su arte. Cuando la emperatriz Catalina II la llamó a San Petersburgo para cantar en la corte, no se había fijado la paga de antemano. Poco después de su llegada, la emperatriz le preguntó con naturalidad qué condiciones exigía para cantar ante el público real.
Gabriella decidió que un mecenas imperial debía pagar un precio imperial: «Cinco mil ducados». Catalina exclamó que era absurdo: no pagaba tanto ni a ninguno de sus mariscales.
Gabriella respondió sin inmutarse: «Entonces, Majestad, haga que cante uno de sus mariscales».