Ole Bull apuesta al rojo

En 1831, el violinista noruego Ole Bull, de 21 años, llegó a París a pie: sin dinero y sin cartas de recomendación, pero decidido a que lo escucharan. A los pocos días le robaron la ropa y el violín. Desesperado, pensó incluso en acabar en el Sena.

Un conocido casual —resultó ser Vidocq, el célebre detective— le propuso un plan: ir a una casa de juego, jugar al *rouge-et-noir* y apostar siempre al rojo. Ole puso sus últimos francos al «rouge»… y ganó. Volvió a apostar y volvió a ganar, hasta reunir una suma considerable.

Temiendo perderlo todo, se retiró y observó: de haber seguido apostando al rojo, quizá habría ganado una fortuna. Aun así, el dinero le dejó un sabor amargo. Escribió a un amigo que sintió una «alegría horrible»: el placer espantoso de salvarse uno mismo con las pérdidas ajenas.

Con el premio compró otro violín y pronto lo invitaron a un concierto privado. Logró llamar la atención incluso cuando todo París adoraba a Paganini.