La imaginación al oír música
La histeria de los fans no es nueva—solo cambia el nombre del cartel.
Hubo un tiempo en que el furor fue por el pianista Paderewski: la gente (según el relato antiguo, sobre todo mujeres) lloraba, se aferraba, besaba y perdía toda compostura. Claro que una interpretación emocional puede afectar a oyentes emocionales. Pero gran parte del espectáculo viene de la imaginación y el contagio social—de hacer lo que “toca” hacer.
Liszt lo demostró. Una vez estuvo rodeado de damas excitadas que le suplicaron que tocara y les regalara éxtasis artísticos. Se sentó al piano y tocó; algunas quedaron tan encantadas que se desmayaron.
Después Liszt confesó a un amigo: había tocado a propósito muchas notas falsas—errores tan evidentes que en una escuela básica de música lo habrían expulsado como impostor. Ese es el poder de la imaginación: si un desconocido hubiera tocado lo mismo a la perfección, las damas no se habrían molestado en desmayarse.