PROVING IDENTITY
La soprano Sigrid Arnoldson, según cuentan, fue a recoger una carta certificada en Roma y le pidieron el pasaporte. Lo había dejado en el hotel, y el “créame” no bastó. Así que hizo lo único que una estrella de ópera puede hacer: cantó. Los empleados le entregaron la carta—porque, dice la anécdota, nadie más podía cantar así.