Las zapatillas de Malibran, suvenir instantáneo
Madame Malibran no era solo una estrella de la ópera: era famosa por su generosidad. En una parada en Venecia se encontró con un teatro recién construido al borde de la quiebra. El empresario había gastado una fortuna en terminar el edificio y contaba con que el rey asistiera a la inauguración y llenara la sala. Pero el rey murió y la ruina parecía casi segura.
Desesperado, le rogó a Malibran que cantara la noche de estreno. Ella aceptó y, al oír lo apretadas que estaban sus finanzas, rechazó incluso el pago. Cuando la ciudad supo que actuaría, el teatro se llenó.
Durante la función pisó una hoja de un ramo y estuvo a punto de caer al foso de la orquesta, pero el cantante Balfe la sostuvo a tiempo. En el revuelo una de sus zapatillas salió volando y cayó al foso; el público luchó por ella como si fuera una reliquia. Malibran se rió, se quitó la otra zapatilla y la lanzó hacia el fondo de la sala. Al final, ambas zapatillas fueron hechas pedazos, y los fragmentos se los llevaron como recuerdo.
Después, el empresario la hizo salir al frente, explicó por qué había cantado y anunció que bautizaría el teatro con su nombre. El Teatro Malibran de Venecia sigue en pie como monumento a su bondad.