Doble dosis de Brahms

Hans von Bülow era un director de orquesta brillante—y famoso por su terquedad. En cierta ciudad solía recibir aplausos fuertes casi hiciera lo que hiciera.

Una vez incluyó en el programa una sinfonía larga y densa de Brahms. Brahms no es un compositor que se disfrute o se entienda con facilidad, y aquella noche el aplauso sonó más a gratitud por haber llegado al final que a verdadera admiración.

A Bülow no le bastó. Se volvió hacia el público y soltó: “¿Cómo, no les gusta? ¡Ya les enseñaré!” Y ordenó repetir la obra entera.

Desde entonces, en esa ciudad aprendieron a aplaudir las sinfonías de Brahms con entusiasmo—si no por convicción, al menos por pura autodefensa.