El disgusto de un compositor
Moscheles—virtuoso, compositor y profesor—tenía una debilidad que muchos maestros comparten: le encantaba hablar. Las clases podían desviarse del trabajo del alumno hacia historias, recuerdos y encuentros de su larga carrera. ¿Entretenido? Mucho. ¿Eficiente? No siempre. Y los alumnos, la verdad, no se quejaban.
Pero una mañana algo iba claramente mal. En su clase estaban también Sir Arthur Sullivan y el violinista Carl Feininger. Al entrar, vieron a Moscheles—normalmente sonriente—con el rostro sombrío. “Um Gotteswillen, Herr Professor… ¿está enfermo?” preguntaban. No respondió; solo hizo un gesto tajante hacia el piano: siéntense, nada de charlas, a trabajar.
Feininger, su alumno predilecto, se atrevió a insistir: ¿qué había ocurrido?
Moscheles suspiró y dijo que se lo contaría. “Me levanté esta mañana. Me vestí. Fui a desayunar. No había mantequilla. Mandé a la criada a comprar…” Y entonces, con auténtica angustia: “¿Y saben en qué la trajo? ¡La mantequilla venía envuelta en una página de mi concierto en sol menor!”