El órgano del Temple
Bajo Oliver Cromwell, los soldados puritanos trataban los órganos de iglesia como artefactos enemigos. Los derribaban, se burlaban de ellos como «abominaciones chirriantes», fundían los tubos para hacer balas y hasta recorrían las calles soplando en las tuberías rescatadas—o empeñándolas por unas jarras de cerveza.
Tras la Restauración volvieron los oficios catedralicios y la organería vivió una edad de oro. La Temple Church de Londres decidió encargar el mejor instrumento que el dinero pudiera pagar—con una condición peculiar: todo constructor que aspirara al honor debía instalar su órgano en la iglesia y someterlo a pruebas públicas.
Solo dos aceptaron: Schmidt y Harris, los mejores de su tiempo. El órgano de Schmidt fue probado por figuras inglesas como Purcell y Blow; Harris contrató al francés Lully. Prueba tras prueba, empate. Añadieron nuevos registros. Seguía sin haber decisión.
Entonces llegó la mala leche. Cada uno tenía amigos dentro de la iglesia y empezó el sabotaje: tubos retirados a escondidas, fuelles cortados, cualquier cosa para fastidiar al rival. Al final el pleito pasó al Lord Chief Justice Jeffreys, que falló a favor de Schmidt. Su órgano, ganador de la audición más dramática de Londres, siguió en la Temple Church.