Una canción para cuarenta
Antes de 1750, la «grandeza» musical a menudo se entendía como un concurso técnico: el mejor compositor era el que lograba entretejer el mayor número de melodías independientes en un solo tejido coherente. Hacia el final de aquella larga era del contrapunto, sin embargo, ya no mandaba la cantidad, sino lo a fondo que se desarrollaban unas pocas líneas—como en el contrapunto denso de Bach y Händel.
Aun así, algunos apostaron por la escala. El maestro inglés Thomas Tallis escribió una obra para cuarenta voces distintas—cuarenta cantantes, cada uno con una línea propia, diferente de las otras treinta y nueve. Durante 138 compases, todos deben ir «cada uno por su camino»… pero no «como ovejas», porque las ovejas siguen a un solo guía, no a cuarenta.
Y Tallis no fue el límite. A comienzos del siglo XIX, el compositor italiano Pietro Raimondi escribió una fuga para dieciséis coros de cuatro voces cada uno: sesenta y cuatro partes distintas a la vez. A ese tipo de escritura algunos la llamaron «gótica». Sea como sea, reconforta vivir en una época en la que la técnica es un medio, no el fin.