Fiebre Malibran

La carrera de muchas primadonnas parece novela—porque el público las trataba casi como realeza.

Un ejemplo es Maria Malibran. En su última visita a Venecia, la ovación pareció más la vuelta de un general victorioso que la llegada de una cantante. Cuando su góndola entró en el Gran Canal, sonaron trompetas, bandas y gritos de multitud. Y no terminó ahí: cada vez que aparecía en público, la presión de la gente era tal que tenían que protegerla policías armados. Cuando salía en góndola, la cantidad de embarcaciones que la seguían llegaba a obstruir los canales.

Al despedirse de Venecia le regalaron un magnífico diadema, cuajado de diamantes y rubíes.

En Milán no fue mucho más tranquilo. Una noche la cubrieron de ramos cuyas hojas eran de oro y plata. La llamaron veinte veces a escena—no extraña que se desmayara al final.