La juventud de Händel: el clavicordio del desván

El padre de Händel tenía un plan: derecho, no música. Los instrumentos estaban prohibidos—así que el niño buscó una salida. En el desván había un viejo clavicordio, y Händel se escabullía por las noches para tocar mientras la casa dormía.

Cuando tenía seis años, su padre viajó a la corte de un príncipe donde trabajaba un pariente. Händel se negó a quedarse; siguió el carruaje a pie y suplicó hasta que el padre cedió. En la corte, su forma de tocar el órgano llamó la atención del príncipe, que presionó para que el padre le permitiera estudiar música en serio.

A partir de ahí, el ritmo fue vertiginoso: de los nueve a los doce componía cada semana un servicio religioso completo para voces e instrumentos. Con quince años ya había escrito tres óperas—cada una se representó muchas noches en Hamburgo. Desde entonces la producción fue constante, hasta culminar en los grandes oratorios de su madurez.